Soldados de la dispersión

Recuerdo amigos de guerras que todos olvidaron, menos nosotros.

Todos ellos destilados en cada herida que recibimos.







Esas heridas son todos los dolorosos lugares donde luchamos.

Batallas que han quedado atrás, que nunca buscamos.







¿Qué es lo que perdimos y qué es lo que ganamos?







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viernes, 28 de septiembre de 2012

Artom y las Serpientes Emplumadas


Ya son las ocho, la noche ha caído totalmente sobre la ciudad de Nanchital, bañándola en un matiz melancólico, que se acentúa más debido a la lluvia torrencial que azota a esta pequeña ciudad al sur de Veracruz. Dentro de la habitación, el joven podía admirar todo el panorama que el lugar ofrecía y encontrándose el muchacho en el edificio más alto de la comunidad, tenía tal vez una de las mejores vistas, si no la mejor de la ciudad.
Observaba como los transeúntes corrían despavoridos por el parque, huyendo de las inclemencias de aquel diluvio, muy propio de la zona. En su mente, el quiosco, que se encuentra en el centro de la plancha del parque, parecía un rostro enorme vertiendo lagrimas, pero lo que más le gustaba, era observar la lluvia golpeando en el rio Tepeyac, cercano a una especie de centro deportivo y recreativo, que en la actualidad dejaba mucho que desear con respecto a su antiguo esplendor.
El joven se perdió en sus pensamientos, mientras continuaba contemplando aquella precipitación, mentalmente hacia una remembranza, de los hechos de la última semana, y como su vida había sufrido un cambio radical, dejando atrás una vida apacible, junto a amigos y familia, pero lo que más extrañaba era su madre; y aunque sabía que en cierta forma libraba esta cruenta lucha por ellos, una sonrisa asomó en las comisuras de sus labios, al recordar la causa de todos sus males, pero sobre todo de la felicidad tan inmensa que en esta semana se había apoderado de él; la sonrisa tan cálida de aquella dama era muy reconfortante para nuestro amante, y sus ojos, sí, esos ojos azules que lo enloquecían, de un azul tan profundo, que él estaba seguro que podían penetrar en el rincón mas oscuro de su alma y así conocer a su verdadero ser, pero lo que le encantaba era ese cabello negro como la noche, que le caía sobre los hombros en finos y hermosos bucles.
Una nueva sonrisa, se dibujo en su rostro, esta era más amplia y definida que la anterior, y continuaba creciendo, ya que había caído en cuenta, que desde el primer momento que la vio, en medio de ese mar de personas, que se encontraban aglomeradas en el parque, por las celebraciones del quince de septiembre, había sido presa de los giros enmarañados del amor, ya que al instante se enamoro profunda e irrevocablemente de la jovial muchacha, de una forma tal que a ojos de cualquier puritano rayaría en la blasfemia y el pecado.

Un estrepitoso ruido, saco a nuestro amigo del mar de ideas en el que se encontraba sumergido, solo para observar como Malbert irrumpía en la habitación, con sus dos metros con diez y su piel morena apiñonada, un contraste con esa cabeza totalmente rapada.

- Amigo si aprecias tu vida, te recomiendo que tomes el arma que mas sea de tu agrado, ya que si no lo haces dudo mucho que los hijos de la noche tengan demasiados miramientos en machacar tu blanco trasero- le dijo el moreno antes de estallar en carcajadas.

Mientras Malbert observaba, a aquel joven  que tenia frente a él, que apenas hacia unos cuantos días había dejado de ser un niño para convertirse en un hombre, y lo que más asombraba al enorme moreno, era que aunque este hombre, en su vida jamás había combatido, parecía ser un guerrero nato, una máquina perfecta a la cual solo le hacía falta una buena aceitada y tendría a un temible compañero de armas, tal vez lo único que no le agradaba de su joven amigo, era su extraña semi-repulsion a las armas de fuego, sabia usarlas y era un excelente tirador, pero prefería las armas de filo, a parecer de Malbert esto era una estupidez, pero respetaba la opinión de su colega; el estallido de la ventana del cuarto saco al instante a Malbert, de sus cavilaciones y su primera visión, fue la de una figura de unos tres metros totalmente deforme, a la cual le faltaba un ojo y la mitad de la oreja izquierda, tenía una piel verdosa y una singular cola muy parecida a la de un león, a penas pudo terminar de apreciar al adefesio y reconocer que era un hijo de la noche de rango menor, cuando este se abalanzó hacia él, pero Malbert que nunca se encontraba desarmado, levanto la uzzy recortada que portaba en ese momento, y recibió a la peculiar criatura, con unos tiernos y delicados besos de plomo, a la par nuestro joven amigo, de nombre Artom, que observo prácticamente toda la escena, abría la puerta de la habitación que daba a un pasillo y espada en mano, se dispuso a explorar la ruta de escape, encontrándose, con una encarnizada lucha entre los miembros de la orden de la serpiente emplumada y los hijos de la noche, un bullicio tenía lugar dentro del cuartel, que lo inundaba de imprecaciones, así como de gritos, unos de dolor, otros de miedo, unos cuantos de batalla, pero lo que más se percibía en el ambiente, era el hedor a muerte y la pestilencia de la desesperanza.

Repentinamente, un zumbido de una hoja cortando el aire, alerto a Artom, que pudo parrear ese mortal golpe, mas por un puro reflejo que por acto consciente, su adversario un hijo de la noche pequeño en comparación de la media, con apenas un metro setenta, tenía el cuerpo como el de un trasgo, su rostro una mezcla extraña entre un ogro y un trol, con los característicos colmillos de estas dos razas. Artom sabía todo esto, ya que era un fanático, de la ciencia ficción y la literatura de fantasía, los ojos de la abominación, eran como los de un felino y su piel rojiza con tonalidades casi negras, le daban un aspecto terrorífico a la ya poca agraciada criatura, se baten en duelo en una serie de ataques relampagueantes, con un dobles de la espada, cercenó el brazo de su rival y con el siguiente movimiento de su espada termino con el sufrimiento de tan infeliz criatura, decapitándola con un  corte limpio. Artom apremiado por la necesidad de saber, la suerte de Amelie, la dama poseedora de su corazón y su ser, giró instintivamente para comenzar la búsqueda de su amada, a sabiendas de lo mortífera que esta podía ser (Artom siempre se preocupaba por ella), apenas había dado unos cuantos pasos, cuando se encontró de frente con Malbert, que lo estaba buscando.

-Sí, ten calma, yo sé bien en donde se encuentra ella, se me olvida que cuando uno es joven y se entrega a la tormenta de pasiones y emociones, así como a la dulzura del amor, el corazón se impacienta, al no saber el destino de la persona amada-le dijo su fornido amigo.

Antes de que Artom siquiera pudiera formular la pregunta a su amigo, a veces se asombraba de lo bien que analizaba a las personas Malbert, con esos ojos café claro, y después de decir esto emprendieron el camino en busca de Amelie. Se abrieron paso por el campo de batalla, a través de una lluvia de plomo y una tormenta de acero, dejando tras de sí un camino de muerte y destrucción. Los dos amigos llegaron rápidamente al segundo nivel, girando primero a la izquierda y posteriormente a la derecha, encaminándose en un pasillo algo estrecho, lo primero que Artom vislumbro fue la espesa cabellera negra de Amelie danzando en el aire, mientras su sensual figura daba giros mientras se batía en duelo con dos oponentes, muy parecidos al primer hijo de la noche, al que Artom había dado muerte. A uno de ellos le dio muerte rápidamente, trazando un arco descendente con su hacha sobre el rostro de su adversario, partiéndolo a la mitad, brotando un fuerte chorro de sangre, que le cubrió el rostro parcialmente; al segundo lo saco de combate con una ráfaga de su Magnum especial calibre .45, en tanto el duelo se desarrollaba nuestros dos amigos se acercaron a Amelie, que cuando hubo terminado el duelo, la joven solo tuvo que girar sobre si, para recibir a su amado, con la mas cálidas de sus sonrisas y besarlo de una manera tierna y apasionada, y saludo a Malbert con un gesto que solo la camadería y la confianza pueden lograr.

Apenas hubieron terminado los saludos, nuestro jóvenes amigos se vieron envueltos en la onda de choque generada por una explosión, que redujo a escombros el muro exterior del pasillo, los tres amigos volaron y cayeron a unos ocho metros de donde se encontraban.

En lo que quedaba del muro, un hombre o lo que parecía un hombre entro, y su caminar tenia la elegancia propia de la nobleza, lo que le daba aire de un gran monarca que se encontraba rodeado de un aura sobrehumana, de unos dos metros treinta, un cabello rojo como el fuego, Artom que fue el primero en incorporase y que ayudo a Amelie a hacer lo propio, pudo observar la mirada gélida como el hielo de aquel hombre y sus ojos blancos como la nieve, que las únicas diferencias que tenia con cualquier otro hombre en apariencia, eran sus ojos, y las orejas de gato, con las cuales estaba dotado; Malbert que estaba terminado de incorporarse, solo pudo ver la silueta de Artom que se adelantaba para atacar al desconocido; dio un salto en el aire y dio un golpe a su nuevo rival, que con su mano desnuda paro la hoja de la espada de Artom, y con un movimiento de su cadera propino una patada violentísima, que proyecto al muchacho contra la pared contigua, el primer pensamiento de Malbert fue cubrir a su prominente oponente con una ráfaga de su arma, pero antes de que pudiera ejecutar la acción su enemigo ya se encontraba sobre él y con un derechazo de acero, saco al instante al enorme moreno de combate, giró sobre sí y observó despectivamente a Amelie, la tomo en brazos y aunque esta intento oponer resistencia, de nada sirvió  ante la colosal fuerza del extraño. Artom que se encontraba a un aturdido por el golpe y bastante maltrecho, intento interponerse en el camino del captor de su amada, ante la escena, el extraño dibujo una tétrica sonrisa en su rostro.

-Ja, ja, no me hagas reír escoria, no eres rival para mí-dijo el guerrero letal, a lo que Artom respondió

- Tal vez sea cierto, pero a la que llevas ahí, es a la mujer que amo y por tanto aunque en la campaña se me vaya la vida, mientras siga vivo impediré que abandones este lugar con ella en tus brazos-. Al desconocido, algo le llamó la atención, que con su increíble velocidad sujeto por la muñeca a Artom, y con un movimiento de su mano lo proyecto nuevamente hacia la pared, aunque esta vez no con tanta fuerza.

-Amor mío, ¡no!, maldito monstruo, ¡suéltame!, que ya verás lo que quedará de tí, cuando termine contigo por hacerle daño a mi amado- prorrumpió Amelie, a lo que el desconocido respondió con un sonido gutural.

 Artom que se encontraba tendido en el suelo vio cómo su rival se perdía a través de los restos del muro exterior, y cómo Amelie gritó su nombre, antes de perder el conocimiento.