Soldados de la dispersión

Recuerdo amigos de guerras que todos olvidaron, menos nosotros.

Todos ellos destilados en cada herida que recibimos.







Esas heridas son todos los dolorosos lugares donde luchamos.

Batallas que han quedado atrás, que nunca buscamos.







¿Qué es lo que perdimos y qué es lo que ganamos?







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domingo, 15 de julio de 2012

11 millas nauticas hasta la costa Parte III

No logré que Sonia, me respondiera el teléfono; ni mensajes ni llamadas. Durante unos minutos escuché, o intenté escuchar, las apagadas conversaciones que mis amigos tenían con sus conocidos. Los murmullos se perdían entre el escándalo de la colonia de aves, el lejano tronar del oleaje y la sangre fluyendo por mis orejas al ritmo de la creciente preocupación.

Cuando los otros tres volvieron de sus respectivos aparatos tenían una cara de desconcierto similar a la mía. No hacía falta preguntar por qué, pero alguien lo hizo.

—¿Les llegaron las nuevas? —preguntó Iván.
—No todas. —respondí mientras embolsaba mi teléfono. — Mensajeaba con Sonia y solo alcanzó a decirme que pasaban cosas muy raras allá.
—Eso parece. —intervino Ramiro —Tengo un amigo trabajando en los Servicios Médicos de la Universidad y según él tuvieron un día de locos.
—¿Te contó algo? —me interesé.
—Sí, aunque creo que se guardó los peores detalles. Me cuenta que temprano en la mañana de hoy les llegó de emergencia un fulano que traía la mano amputada. Parecía loco, atacó a todos los que se le acercaron; mordió y arañó a unos cuantos y ahora atienden varios casos de infección severa.
—¿Infección? — cuestionó Billy.
—Sí, al parecer el sujeto llevaba un par de días atrapado en una coladera cerca de una facultad. Se imaginarán la cantidad de bichos que ese infeliz traía cargando. ¿A tí te contaron algo, Billy?
—No, nada. Al menos no mi familia. No he podido contactar a ninguno de ellos. —la preocupación en esa frase era más que evidente.
—Estoy seguro de que están bien. Siempre han sido gente muy precavida. Eso nos dices todo el tiempo. No tardarán en ponerse en contacto.
—Sí. Están bien —Billy no sonaba muy convencido de sus propias palabras. —Pero otros amigos sí que me han contado cosas. El caos se desató en la ciudad a una velocidad increible. Veintitantos millones de personas amontonadas sólo necesitan un buen pretexto para volverse locas.
—De por si que nuestro pequeño terruño nunca ha sido bandera del orden —dijo Ramiro, completando —, pero esto rebasa cualquier pronóstico: barrios enteros están en llamas; las policías de toda clase no se dan abasto, claro, nunca se lo van a dar si la mitad del cuerpo está ocupado en saquear a diestra y siniestra. Algunos bienintencionados están instalando irrisorios puntos de contención sanitaria ¿Qué pasa, Iván?

El aludido se tomó su tiempo antes de intervenir. Golpeaba suavemente su celular contra el labio inferior. 

—A ustedes no les dijeron mucho por lo que veo. Mi hermano no se tomó tantas molestias en guardar algún secreto. —dijo sin mirarnos. — La cosa va más allá de lo raro, mucho más allá. El caso que mencionaste, el de la Universidad, parece haber sido el primero que salió a la luz, nada más. —Al final dirigió su vista a todos y a ninguno en particular. —Él trabaja en un servicio de entrega de despensas de supermercado a domicilio y se conoce muy bien las calles del Distrito Federal. Me ha dado pelos y señales de los efectos de esa extraña enfermedad que mata en cuestión de horas y te trae de regreso convertido en un salvaje come-hombres; esas son las palabras que usó. Obviamente, nadie parece saber dónde o cómo se originó lo que sea que esté acabando con las personas, pero como el primer caso se reportó en la Universidad ya hay unos idiotas proponiendo que todo esto se trata de un complot tramado por científicos en busca de poder sobre las conciencias de todos. Irónico, pues los reanimados estos parecen carecer de conciencia.

“Mi carnal hizo algunos recorridos en su moto antes de que las calles se volvieran intransitables y vio escenas terribles: hombres comiendo hombres, padres de familia con sus hijos en brazos huyendo de hordas de infectados; algunos otros, como buenos mexicanos que eran aprovecharon el desconcierto general para saquear hasta vaciar cualquier comercio o casa en su camino. Lo último que alcanzó a decirme es que había logrado refugiarse en un edificio inacabado en la colonia Roma. No sabe nada de nuestros padres y demás familia.” 

—¿Y qué están haciendo las autoridades? —pregunté aún cuando adivinaba la mitad de la respuesta.
—Puras idioteces —. Ramiro tomó una piedra del suelo y la arrojó tan lejos y con tanta furia que no alcancé a ver si siquiera cayó en la costa bajo nuestros pies; yo diría que no, que llegó hasta el océano. —Cerraron la Universidad, como si la enfermedad se hubiera generado ahí. La ciudad ya estaba sitiada desde dentro. Dudo que cerrando los accesos logren más, digo, no creo que esos Locos, tomen solo avenidas principales. —Ramiro rió, pero su gesto carecía por completo de diversión.
—Ya veo por qué Sonia no me quiere de regreso. —comenté, incapaz de decir algo más inteligente.
—No solo estamos lejos del hogar ahora —reflexionaba Iván. —, estamos lejos de un hogar que a lo mejor ya ni existe a nuestro regreso.
Una quinta voz intervino a mis espaldas. Una voz cascada por el sol, la sal y el alcohol de pésima categoría.
—No regresarán. —dijo eso, nada más.

Me di la vuelta y frente a mí estaba Poli, uno de los pescadores de la isla. Baja estatura, con la constitución que ororgaba su oficio: delgado, fibroso; piel recia como la corteza de un árbol. No era un hombre viejo, aunque lo parecía, solo estaba acabadísimo por la dura vida que llevaba. Las arrugas que poblaban su rostro eran tan profundas que la luz mortecina de la tarde no llegaba al fondo. Cuando hablaba, esas simas solo se hacían más notorias. Tenía la nariz quebrada y un tanto desviada a la derecha. Nunca me dijo cómo se ganó aquella herida; puedo especular: una pelea de bar, un accidente en el mar, o una simple caída. La parquedad de sus palabras no me sorprendió ni me pareció sospechosa. Poli nunca fue hombre de muchas palabras. Cuando no quería responder algo se limitaba a soltar una risita nasal que podía significar cualquier cosa. En esta ocasión ni eso dejó escuchar.

Dejé las adivinanzas y le pregunté.

—¿Cómo está eso de que no vamos a regresar?
—Acabamos de hablar con capitanía de puerto, parece que hay mucho disturbio allá de donde vienen ustedes. Están usando todo lo que tienen: Marina, Ejército y Policía. Según entendí no tienen tiempo ni interés en rescatar turistas en una isla. Además, dicen, parece ser el lugar más seguro en el que pueden estar.
—Pero si la Marina no nos trajo, fueron los de la cooperativa turística. —recordó Billy. —Ellos pueden llevarnos de regreso.
—Para empezar no creo que quieran, y aunque quisieran, en San Blas nadie los dejará desembarcar. Si la mitad de las cosas que he visto en la tele son ciertas de verdad creo que es mejor quedarnos aquí.
—¿Y qué han estado pasando en la tele, Poli? —pregunté.

El viejo pescador unicamente emitió su risa nasal, ahora carente de la habitual picardía. Esa clase de gestos se estaban volviendo la moda isleña.

2 comentarios:

  1. Sin duda la historia ha tomado un rumbo súbito, apetecible continuar la lectura. Espero la próxima parte.

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  2. A la espera de la próxima parte. Me quedé intrigadísimo.

    Felicidades de antemano.

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