Soldados de la dispersión

Recuerdo amigos de guerras que todos olvidaron, menos nosotros.

Todos ellos destilados en cada herida que recibimos.







Esas heridas son todos los dolorosos lugares donde luchamos.

Batallas que han quedado atrás, que nunca buscamos.







¿Qué es lo que perdimos y qué es lo que ganamos?







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jueves, 12 de julio de 2012

11 millas náuticas hasta la costa


La velocidad no era una de las virtudes de esa lancha. No me era posible decir a cuantos kilómetros por hora nos movíamos sobre el agua. -en el agua la velocidad se mide en nudos y tampoco sabía a cuantos de estos por hora nos desplazábamos- No parecían ser muchos. Por otro lado, uno de los objetivos que habíamos venido a buscar no se estaba cumpliendo: la observación de ballenas. Podría jurar que hacía media hora vi una aleta alzarse en el aire, pero podía ser cualquier otra cosa. Menos mal que el clima estaba espléndido. El guía y conductor de la lancha nos aseguró que en menos de una hora veríamos la isla que hospedaría a mi grupo por tres días.

El único responsable de este inusual viaje de vacaciones era yo. Conocí Isla Isabel en condiciones totalmente ajenas a una simple temporada de ocio: hacía un par de años desembarqué en ese minúsculo pedazo de tierra enclavado en el océano pacífico con el objetivo de colaborar con un proyecto biológico que tenía que ver con las extrañas conductas sexuales de las aves locales. No sé que tan bien hice mi trabajo pero por lo que a mí refirió, el viaje fue todo un éxito: tomé el sol, trabajé, pesqué y escribí mucho en mi libreta de campo (casi nunca nada relacionado con el trabajo que realizaba). Conocí algunas chicas guapas y seguí siendo un neófito en la cocina. Me prometí que a toda costa volvería a ese lugar, aunque ya no de trabajador, sino solo de turista.

Cinco años después eso mismo era lo que hacía, acompañado de tres amigos de toda la vida, a los que había encandilado con las sabidas bellezas científicas y humanas que encontrarían ahí. Para que el viaje le costeara a la empresa viajera nos fusionaron con otros fugitivos de la civilización. En total sumábamos unas diez personas que viajábamos comodamente en ese bote pintado de blanco. Había una familia estándar: papá, mamá, hijo e hija; una pareja hippie fresa alternativa y el guía. Me habría gustado traer a mi novia al paseo pero su familia no la dejó, y eso que ya casi vivimos juntos.

Como acto reflejo saqué mi teléfono celular de la bolsa de plástico especial donde lo llevaba para buscar recepción y mandarle un mensaje a Sonia, que así se llama la susodicha. Obviamente, a veinte kilómetros de cualquier parte, rodeado de agua, no iba a tener señal. Tendría que esperar a llegar a la isla, donde sí encontraría forma de ponerme en contacto. Miré hacia mis compañeros de viaje y noté que todos habían tenido la misma idea, no escribirle un mensaje a Sonia, sino buscar la señal del huidizo satélite para pedir a gente en el mundo civilizado que les resuelvan algo de vital importancia: que alimenten a los peces, por ejemplo. Qué se yo.

Las altas orillas del cráter que horada el centro de Isla Isabel al fin se hicieron visibles en el horizonte, al principio como dos montañas algo estrechas de color gris tenue que contrastaron bastante con el azul límpido del cielo. A partir de ese momento la isla afloró rapidamente sobre la línea del horizonte y empezó a adquirir nuevos detalles de color: los peñascos rojizos, el verde de los árboles achaparrados; el blanco, heredado de miles de años de necesidades fisiológicas de las aves y el negro de las ocasionales rocas volcánicas que alcanzan a sobresalir por algún lado. Los elementos artificiales fueron apareciendo al ir acercándonos. Una línea de casas de lámina se extendía a todo lo largo de la bahía, que debía tener unos trescientos metros de largo. Se veía movimiento de personas y mucho equipo de naturaleza indeterminada desperdigado frente a las habitaciones. La voz del guía se alzó sobre el repiqueteante sonido del motor fuera de borda.

—¿Ven esas casuchas en la Bahía Tiburoneros? Es la aldea de pescadores con registro que puede acampar aquí durante algunas temporadas al año. Recibe ese nombre porque en el pasado el pescador venía aquí por los tiburones. Cuando se los acabaron empezaron a aprovechar otros tipos de peces. Con ellos podremos comprar algo de pescado pues, imaginen, nada más fresco que recién salido del agua. En esa playa gravosa desembarcaremos. Les suplico que mientras estemos en la maniobra nadie se mueva de su lugar.

Todavía pasaron otros veinte minutos antes de que la panza de fibra de vidrio de la lancha raspara contra tierra. Fui el primero en bajar. Me moría de ganas de saludar a un pescador amigo mío, pero me limité a ayudar a encallar bien la embarcación para que los otros pudieran bajar sin mojarse los zapatos innecesariamente. También se trataba de poder bajar con seguridad el equipaje delicado o que no podía mojarse con agua salada, como la comida.

Desembarazar la nave de cosas y gente nos llevó poco tiempo, ahora había habá que trasladarlo desde la bahía al sitio de acampada (que era una construcción inconclusa y solo se componía de piso firme, pilares y techo) se tienen que recorrer unos doscientos serpenteantes metros, entre la alharaca de las aves y el sol oceánico. Aunque es un tramo corto, bien cargado puede resultar agotador. Menos mal que los artefactos de cocina más pesados, como la estufa y el refrigerador (porque hay refrigerador), ya están en la isla. Cuando yo vine aquí a trabajar, todo eso, como era material inventariado de la universidad, tenía que viajar y ser desembalado año con año desde Nayarit. Dí gracias por tener que cargar solo con mi maleta de campamento y algunos enseres de cocina.

La confiada hija de aquel matrimonio salido de un comercial de cereal para el desayuno me alcanzó en aquella ruina donde dormiríamos. Era la muda pretensión de construir un complejo de investigación que terminaría siendo abandonado por los altos costos de traer materiales de construcción y gente. Claro está que ya terminado y operativo seguiría costanto una millonada y el proyecto fue abandonado, quedando el medio edificio como albergue para turistas. Aun así, de este lado de la isla están en la gloria; al norte, donde se estacionan los biólogos todos los años, la acampada es más realista. La pequeña, que nada más cargaba un peluche que representaba un incierto animal me dijo:

—No vomité.
—Me alegro. —Respondí con sinceridad.
—Mi hermano se mareó. Les dije a mis papás que no lo trajeran, pero no quisieron dejarlo.
—No me explico por qué —Alcé una ceja, jugando a darle la razón a la niña, quién me sonrió cómplice y regresó corriendo junto a sus padres. Venían subiendo la pendiente con lentitud y mucho sufrimiento. Ambos ya iban presentando un visible sobrepeso. Quién les manda.
Cuando la niña se hubo alejado suficiente, Billy se me acercó y dijo con tono burlón:
—El Alejandro tiene su pegue. Lástima que le lleva como trescientos años de ventaja.
—No hay pedo, el Ministerio Público más cercano está en el continente —le secundó Ramiro.
—La Sonia debe estar sintiendo una perturbación en la Fuerza —terció Iván, haciendo un ademán Jedi con la mano derecha.

No tenía sentido discutir con ellos, no serviría en mi defensa. Les arrojé mis cosas amistosamente y busqué un sitio alto para captar señal de teléfono. El edificio aquél tenía partes derruidas por las que podría subir al techo. Este tenía una cómoda inclinación que permitía subir hasta la parte central, donde había un tragaluz sin cristal bajo el cual seguramente caía tanta agua como si no estuviera uno bajo techo. Apreté un botón cualquiera para iluminar la pantalla de su teléfono. Había señal y empecé a escribir.

“Llegue a la isla mi vida el clima esta increible y no vimos ninguna ballena ¿como estas?”

La respuesta no tardó mucho en llegar. Al parecer ese día los dioses de la señal repetidora estaban contentos.

“Hola, cielo. Me alegro de que ya estés allá. Me habría gustado ir contigo. Acá todo es aburrición. ¿Regresas en una semana?. Te recibiré bonito.”

4 comentarios:

  1. Desde el inicio de la lectura, me adentré en la historia. Cada detalle permite ensimismarse en ésta. Es muy buena.

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  2. Realmente me alegro de que te haya gustado... porque faltan tres partes. Hoy mismo sub la segunda.

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