La velocidad no era una de las virtudes
de esa lancha. No me era posible decir a cuantos kilómetros por hora
nos movíamos sobre el agua. -en el agua la velocidad se mide en
nudos y tampoco sabía a cuantos de estos por hora nos desplazábamos-
No parecían ser muchos. Por otro lado, uno de los objetivos que
habíamos venido a buscar no se estaba cumpliendo: la observación de
ballenas. Podría jurar que hacía media hora vi una aleta alzarse en
el aire, pero podía ser cualquier otra cosa. Menos mal que el clima
estaba espléndido. El guía y conductor de la lancha nos aseguró
que en menos de una hora veríamos la isla que hospedaría a mi grupo
por tres días.
El único responsable de este inusual
viaje de vacaciones era yo. Conocí Isla Isabel en condiciones
totalmente ajenas a una simple temporada de ocio: hacía un par de
años desembarqué en ese minúsculo pedazo de tierra enclavado en el
océano pacífico con el objetivo de colaborar con un proyecto
biológico que tenía que ver con las extrañas conductas sexuales de
las aves locales. No sé que tan bien hice mi trabajo pero por lo que
a mí refirió, el viaje fue todo un éxito: tomé el sol, trabajé,
pesqué y escribí mucho en mi libreta de campo (casi nunca nada
relacionado con el trabajo que realizaba). Conocí algunas chicas
guapas y seguí siendo un neófito en la cocina. Me prometí que a
toda costa volvería a ese lugar, aunque ya no de trabajador, sino
solo de turista.
Cinco años después eso mismo era lo
que hacía, acompañado de tres amigos de toda la vida, a los que
había encandilado con las sabidas bellezas científicas y humanas
que encontrarían ahí. Para que el viaje le costeara a la empresa
viajera nos fusionaron con otros fugitivos de la civilización. En
total sumábamos unas diez personas que viajábamos comodamente en
ese bote pintado de blanco. Había una familia estándar: papá,
mamá, hijo e hija; una pareja hippie fresa alternativa y el guía.
Me habría gustado traer a mi novia al paseo pero su familia no la
dejó, y eso que ya casi vivimos juntos.
Como acto reflejo saqué mi teléfono
celular de la bolsa de plástico especial donde lo llevaba para
buscar recepción y mandarle un mensaje a Sonia, que así se llama la
susodicha. Obviamente, a veinte kilómetros de cualquier parte,
rodeado de agua, no iba a tener señal. Tendría que esperar a llegar
a la isla, donde sí encontraría forma de ponerme en contacto. Miré
hacia mis compañeros de viaje y noté que todos habían tenido la
misma idea, no escribirle un mensaje a Sonia, sino buscar la señal
del huidizo satélite para pedir a gente en el mundo civilizado que
les resuelvan algo de vital importancia: que alimenten a los peces,
por ejemplo. Qué se yo.
Las altas orillas del cráter que
horada el centro de Isla Isabel al fin se hicieron visibles en el
horizonte, al principio como dos montañas algo estrechas de color
gris tenue que contrastaron bastante con el azul límpido del cielo.
A partir de ese momento la isla afloró rapidamente sobre la línea
del horizonte y empezó a adquirir nuevos detalles de color: los
peñascos rojizos, el verde de los árboles achaparrados; el blanco,
heredado de miles de años de necesidades fisiológicas de las aves y
el negro de las ocasionales rocas volcánicas que alcanzan a
sobresalir por algún lado. Los elementos artificiales fueron
apareciendo al ir acercándonos. Una línea de casas de lámina se
extendía a todo lo largo de la bahía, que debía tener unos
trescientos metros de largo. Se veía movimiento de personas y mucho
equipo de naturaleza indeterminada desperdigado frente a las
habitaciones. La voz del guía se alzó sobre el repiqueteante sonido
del motor fuera de borda.
—¿Ven esas casuchas en la Bahía
Tiburoneros? Es la aldea de pescadores con registro que puede acampar
aquí durante algunas temporadas al año. Recibe ese nombre porque en
el pasado el pescador venía aquí por los tiburones. Cuando se los
acabaron empezaron a aprovechar otros tipos de peces. Con ellos
podremos comprar algo de pescado pues, imaginen, nada más fresco que
recién salido del agua. En esa playa gravosa desembarcaremos. Les
suplico que mientras estemos en la maniobra nadie se mueva de su
lugar.
Todavía pasaron otros veinte minutos
antes de que la panza de fibra de vidrio de la lancha raspara contra
tierra. Fui el primero en bajar. Me moría de ganas de saludar a un
pescador amigo mío, pero me limité a ayudar a encallar bien la
embarcación para que los otros pudieran bajar sin mojarse los
zapatos innecesariamente. También se trataba de poder bajar con
seguridad el equipaje delicado o que no podía mojarse con agua
salada, como la comida.
Desembarazar la nave de cosas y gente
nos llevó poco tiempo, ahora había habá que trasladarlo desde la
bahía al sitio de acampada (que era una construcción inconclusa y
solo se componía de piso firme, pilares y techo) se tienen que
recorrer unos doscientos serpenteantes metros, entre la alharaca de
las aves y el sol oceánico. Aunque es un tramo corto, bien cargado
puede resultar agotador. Menos mal que los artefactos de cocina más
pesados, como la estufa y el refrigerador (porque hay refrigerador),
ya están en la isla. Cuando yo vine aquí a trabajar, todo eso, como
era material inventariado de la universidad, tenía que viajar y ser
desembalado año con año desde Nayarit. Dí gracias por tener que
cargar solo con mi maleta de campamento y algunos enseres de cocina.
La confiada hija de aquel matrimonio
salido de un comercial de cereal para el desayuno me alcanzó en
aquella ruina donde dormiríamos. Era la muda pretensión de
construir un complejo de investigación que terminaría siendo
abandonado por los altos costos de traer materiales de construcción
y gente. Claro está que ya terminado y operativo seguiría costanto
una millonada y el proyecto fue abandonado, quedando el medio
edificio como albergue para turistas. Aun así, de este lado de la
isla están en la gloria; al norte, donde se estacionan los biólogos
todos los años, la acampada es más realista. La pequeña, que nada
más cargaba un peluche que representaba un incierto animal me dijo:
—No vomité.
—Me alegro. —Respondí con
sinceridad.
—Mi hermano se mareó. Les dije a
mis papás que no lo trajeran, pero no quisieron dejarlo.
—No me explico por qué —Alcé una
ceja, jugando a darle la razón a la niña, quién me sonrió
cómplice y regresó corriendo junto a sus padres. Venían subiendo
la pendiente con lentitud y mucho sufrimiento. Ambos ya iban
presentando un visible sobrepeso. Quién les manda.
Cuando la niña se hubo alejado
suficiente, Billy se me acercó y dijo con tono burlón:
—El Alejandro tiene su pegue.
Lástima que le lleva como trescientos años de ventaja.
—No hay pedo, el Ministerio Público
más cercano está en el continente —le secundó Ramiro.
—La Sonia debe estar sintiendo una
perturbación en la Fuerza —terció Iván, haciendo un ademán Jedi
con la mano derecha.
No tenía sentido discutir con ellos,
no serviría en mi defensa. Les arrojé mis cosas amistosamente y
busqué un sitio alto para captar señal de teléfono. El edificio
aquél tenía partes derruidas por las que podría subir al techo.
Este tenía una cómoda inclinación que permitía subir hasta la
parte central, donde había un tragaluz sin cristal bajo el cual
seguramente caía tanta agua como si no estuviera uno bajo techo.
Apreté un botón cualquiera para iluminar la pantalla de su
teléfono. Había señal y empecé a escribir.
“Llegue a la isla mi vida
el clima esta increible y no vimos ninguna ballena ¿como estas?”
La respuesta no tardó
mucho en llegar. Al parecer ese día los dioses de la señal
repetidora estaban contentos.
“Hola, cielo. Me alegro
de que ya estés allá. Me habría gustado ir contigo. Acá todo es
aburrición. ¿Regresas en una semana?. Te recibiré bonito.”
Desde el inicio de la lectura, me adentré en la historia. Cada detalle permite ensimismarse en ésta. Es muy buena.
ResponderEliminarRealmente me alegro de que te haya gustado... porque faltan tres partes. Hoy mismo sub la segunda.
ResponderEliminarLo agradeceré mucho.
EliminarLista, la segunda parte
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