Soldados de la dispersión

Recuerdo amigos de guerras que todos olvidaron, menos nosotros.

Todos ellos destilados en cada herida que recibimos.







Esas heridas son todos los dolorosos lugares donde luchamos.

Batallas que han quedado atrás, que nunca buscamos.







¿Qué es lo que perdimos y qué es lo que ganamos?







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jueves, 19 de julio de 2012

11 millas náuticas hasta la costa Parte IV (y última)


Han pasado varios días desde la última comunicación con el mundo exterior. Desde aquél triste mensaje que recibí en un atardecer no volví a saber nada ni de Sonia ni de ningún miembro de mi familia. Si mal no recuerdo fue Iván el último en recibir noticias de su gente. Ese hermano suyo tan listo había logrado hacerse un refugio aceptable en el ruinoso edificio donde se escondió por primera vez, pero la electricidad en toda la ciudad estaba caída y cuando se agotara la batería de su teléfono le sería imposible pasar más noticias. Si encontraba alguna forma de mantener en funcionamiento esa pila seríamos los primeros en enterarnos. Es el día en que no hemos vuelto a saber nada de él. Ya ni quiero hacer cuentas.

En la isla tenemos un sistema de celdas solares que nos alumbra de noche y mantiene vivas las baterías, el problema es que ante las malas noticias del mundo exterior no hay quién se anime a mantener un radio encendido.

La supervivencia los primeros días fue bastante complicada, y algunos fenómenos naturales recientes nos hicieron pasar momentos muy difíciles. Apenas ayer amainó una de las tormentas más severas que hayan golpeado Isla Isabel en los últimos años. De no haber sido por ese techo más o menos estable no sé qué habría sido de nosotros. Durante al menos tres días el cielo se caía a pedazos, hubo truenos y vientos fuertísimos que derribaron muchos árboles y mataron a decenas o centenas de aves. Gracias a los relojes de cada quien fue posible saber la hora del día, pues el cielo estaba tan encapotado que la luz del sol no lograba traspasar hasta nosotros. Vivimos una espantosa noche de setenta y dos horas. Supusimos que un huracán de gran magnitud había pasado cerca de nosotros; que nuestro hogar forzado quedó en el camino de al menos uno de los brazos de la gran tormenta. Nadie había dado la alarma desde tierra firme porque seguramente ya no había nadie allá capaz de hacerlo. Si ese monstruo de viento y agua llegó al continente debió haber causado una destrucción sin precedentes.

Antes de la tormenta ya teníamos serías diferencias internas en cuanto a lo que convendría hacer en nuestro napoleónico encierro, aún ahora discutimos acaloradamente. La mayoría de esas dificultades hemos podido resolverlas pacíficamente, por suerte. Tuvimos la fortuna de contar con la experiencia práctica de algunos pescadores; nos enseñaron el modo de conseguir alimentos del mar y la preparación de cada cosa. Resultó que el padre de la familia estándar era técnico en electrónica y se encargó de mantener en un estado respetable las radios de onda corta, celulares y otros artefactos que conforme pasa el tiempo se van volviendo más y más obsoletos. Los hippie fresas alternativos no eran muy útiles en cuestiones técnicas, pero sabían mantener a los niños entretenidos y hasta les armaron una pequeña escuela. No he presenciado sus clases pero hace poco los vi preparando un pequeño terreno para cultivo. La importación de semillas a la isla con finalidad de cultivarlas estaba prohibida por su estatus especial de reserva; dadas las circunstancias no nos pareció que alguien fuera a castigarnos por intentar salvar nuestras vidas. Las simientes de la escasa variedad de frutas y verduras con la que contamos salieron, es evidente, de la comida fresca que sobrevivió a los días de normalidad y a los otros.

La tarea de mi grupo de amigos, biólogos todos, se ha enfocado más en preparar a nuestra pequeña comunidad para vivir mucho tiempo en este lugar. Hallar el modo de procurarnos recursos para años venideros. Muchas de las cosas que planeamos van a transformar y perjudicar esta área protegida, pero tenemos prioridades. Lo primero que hicimos fue construir con alambres desechados de motores inservibles una alambrada para un criadero de iguanas. Aún no sé si dará resultados; sí sé que ya tenemos una buena cantidad de reptiles, hembras y machos, encerrados. Esperamos empiecen a reproducirse dentro de poco. Podríamos dejar que las cosas sucedieran de manera natural, la gran desventaja de ese plan es que a veces lo natural lleva demasiado tiempo.

El refrigerador consume demasiada energía así que hemos decidido dejar de usarlo. Los alimentos deben ser conservados con la sal que extraigamos del mar, para lo que improvisamos una desalinizadora en una de las ruinosas estructuras aledañas a nuestro campamento. Todos los días acarreamos agua desde la playa hasta allá para que el sol la evapore. Generalmente, al final del día ya tenemos algo de sal para usar. No conocemos métodos tradicionales para refinarla así que la consumimos como sale.

El agua dulce es un gran problema; en esta isla sólo hay una fuente natural de la que podamos extraerla y no queremos agotarla, así que actividades suntuarias como los baños con agua potable están estrictamente prohibidos. La higiene personal, por poco efectiva que pueda ser, debe realizarse en el mar. La gran tormenta de hace unos días, aunque causó muchos estragos, también dejó importantes cantidades de agua que debemos proteger a toda costa de la rápida evaporación. Mucha quedó atrapada en aljibes impermeabilizados así que basta con tenerlos siempre bien tapados para conservar el contenido limpio y fresco. Otra parte la almacenamos en garrafones de plástico y vidrio guardados en una bodega bajo llave. Las lluvias aquí no son abundantes; siendo sinceros, estoy convencido de que antes de la próxima lluvia tendremos de nuevo problemas con el agua.

Por alguna gracia desconocida muchos de nuestros proyectos sobrevivieron a la tormenta y no hubo que empezar de cero otra vez. Sí efectuamos reparaciones en la cerca de las iguanas pero afortunadamente ninguna había escapado.
El cerro del faro se convirtió en nuestro puesto de observación. Habíamos asumido lo vano de los esfuerzos en la vigilancia pero los momentos de soledad en la guardia nos servían para desahogar las presiones a las que nos veíamos sometidos: la convivencia obligada con las mismas personas todo el día todos los días era el más importante de todos. No saben lo difícil que se vuelve sacar temas de conversación nuevos en un grupo reducido habiendo vivido todos las mismas aventuras. He empezado a inventarme sucesos y estoy seguro de que los demás han hecho lo propio. 

Hace tres días dejó de llover y apenas hoy el cielo se ha despejado. El tiempo cambia asombrosamente rápido y aun cuando ayer una gruesa capa de nubes nos aislaba totalmente de los benéficos y ansiados rayos del sol, hoy tenemos un cielo azul esplendoroso. Si algo nos quitó la tormenta fue la ventajosa altura de esa endeble estructura de metal que de manera pretenciosa hacíamos pasar por un faro. Menos mal que tuvimos la gran idea de remover el sistema fotovoltaico que suministraba energía al enorme foco para otros usos más importantes. Ya no esperábamos buques de rescate. 
 
Mientras reflexiono y hago memoria de todo lo que hemos pasado, voy a mi roca favorita, con vista hacia el Este, a tierra firme. Me siento. Antes tuve que quitar con un amable empujón de bota a cierto bobo café que competía conmigo por la posesión de esa piedra.

Como en cualquier otro día claro, las montañas de Nayarit son perfectamente visibles desde la isla, a once millas náuticas de distancia. Ni siquiera en los buenos tiempos la acción humana sobre la tierra era visible desde aquí; solo de noche las luces de las ciudades y puertos se reflejaban en las nubes y denotaban su presencia. Ahora las estrellas dominaban el firmamento nocturno apreciable, tal y como había sido durante millones de años. Cuando me detenía a apreciar este paisaje no podía evitar pensar que era el último hombre sobre la tierra. En estos momentos puede que no sea el último, pero me acerco bastante.

Algo que flota en el agua al noreste de mi posición, a la izquierda, llama mí atención. Parece una multitud de objetos que lograron mantenerse ocultos de mi vista por la distancia, el reflejo del sol en las olas y por el simple hecho de no haber estado mirando en esa dirección. Pienso que han de ser escombros traidos desde la costa por las corrientes. Debo dar aviso a los otros sobrevivientes pues es probable que entre toda esa basura traida por el mar haya algo que nos sirva: necesitamos cocos para tener una fuente renovable de protector solar, vaya que la necesitamos. Me dispongo a dar de gritos (en esta silenciosa isla puede escucharse una voz fuerte a varios cientos de metros de distancia) cuando me doy cuenta de lo que realmente conforma esa masa de desperdicios... ¡son Locos! ¡Muertos vivientes! Infectados que de algún modo misterioso cayeron al océano; arrastrados por el oleaje de la tormenta en el continente, o arrancados de la cubierta de algún infortunado barco en medio del infierno marino ¡Han venido a dar a este paraíso gracias a las negras artes de la Fortuna! Veo formas tambaleantes que han llegado a la costa. Veo seres terribles que andan sin rumbo en nuestro bosque, se tropiezan, caen y se levantan... ¡¡Oh, Dios mío!! ¡¡LOS VEO!!

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